Una radiografía del mexicano

Complejidad Social (Derecho, Economía y Política), Filosofía y Educación, Jacqueline Miranda De los Santos

Por Jacqueline Miranda De los Santos

Octavio Paz nació un 31 de marzo de 1914, premio nobel de literatura 1990. Su obra es extensa y excelsa, posee poemas, ensayos y traducciones. Es una de las figuras que nos proporciona una visión de México, tal cual es. En este artículo he decidido abordar su trabajo con la finalidad de analizar la radiografía del mexicano, que hoy en 2015, se encuentra sumergido en un sinfín  de problemas, muchos de ellos atribuidos a sus malos gobiernos, pero, ¿Qué tenemos por parte de nuestra sociedad?

El ultimo es un cuestionamiento que ha estado en mi mente los últimos meses, los problemas que tiene México en cuanto a la inseguridad se debe a muchas cuestiones que han sido estudiadas de sobremanera por diversas instituciones.  Yo mantengo la postura de que este conflicto debe ser analizado y solucionado íntegramente, deben atenderse muchos sectores en conjunto, las políticas públicas sectorizadas tienden a banalizarse y quedarse en el olvido. Pero hay un aspecto que casi no ha sido analizado, que hemos olvidado, me refiero a la sociedad. ¿Qué hay en el esquema del mexicano? Todo esto surge mientras impartía la clase de Derecho Administrativo, los alumnos duermen en la clase, no les importa. Y pienso, al calificar sus exámenes, ¿Ellos son quienes en unos años estarán al frente de un cargo público? La preocupación se hace más grande. El mexicano es apático pero se mueve en masa para exigir soluciones, como si se mimetizara para encontrar una identidad perdida.

El laberinto de la soledad

“A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Muchas veces las respuestas que damos a estas preguntas son desmentidas por la historia, acaso porque eso que llaman el “genio de los pueblos” sólo es un complejo de reacciones ante un estímulo dado; frente a circunstancias diversas, las respuestas pueden variar y con ellas el carácter nacional, que se pretendía inmutable. A pesar de la naturaleza casi siempre ilusoria de los ensayos de psicología nacional, me parece reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer.”

¿Qué es la sociedad mexicana? Y ¿Cómo realiza eso qué es? Yo creo que actualmente no sabe lo que en verdad es, mucho menos como materializar eso. El problema radica ahí, ¿Cómo materializas eso que puedes llegar a ser, si la estructura social no se lo permite a sí misma? No creo en aquellas frases en las que dicen que el Estado impone ciertas formas de ser a la sociedad, la sociedad es parte esencial del Estado, la premisa principal del argumento será destruida, las formas de ser las imponemos nosotros, finalmente las aceptamos. Ilógico para quien escribe, decir que, el sistema está mal. Después de todo el sistema no es del gobierno, es nuestro.

“VIEJO O ADOLESCENTE, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: “al buen entendedor pocas palabras”. En suma, entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo, y de los demás. Lejos, también de sí mismo.”

Y escucho a mis alumnos indignarse por el mal gobierno, los veo incluso pegando letreros, convocando a juntas por los desaparecidos de Ayotzinapa. Y por un momento el silencio es erradicado, parece que algo más los motiva, parece que se acerca a su ser, a su esencia. Y al darse la vuelta, hacia sus casas. Pasan junto al indigente lo ignoran, les incomoda su presencia y su existencia. “Y yo por qué le voy a ayudar, yo no le dije que no estudiara…” se alejan y ellos que también son mexicanos, son los olvidados, los invisibles. Entonces alguna figura pública propone “eliminar” a los indigentes con una inyección letal[1]. Y es que Dalí tenía razón, ni sus cuadros son tan surrealistas como México y como el mexicano.

Los hijos de la chingada

“¿Quién es la Chingada? Ante todo, es la Madre. No una Madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad, como la Llorona o la “sufrida madre mexicana” que festejamos el diez de mayo. La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre.

(…)

Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad, pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de “lo cerrado” y “lo abierto” se cumple así con precisión casi feroz.

(…)

La palabra chingar, con todas estas múltiples significaciones, define gran parte de nuestra vida y califica nuestras relaciones con el resto de nuestros amigos y compatriotas. Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado. Es decir, de humillar, castigar y ofender. O a la inversa. Esta concepción de la vida social como combate engendra fatalmente la división de la sociedad en fuertes y débiles. Los fuertes —los chingones sin escrúpulos, duros e inexorables— se rodean de fidelidades ardientes e interesadas. El servilismo ante los poderosos —especialmente entre la casta de los “políticos”, esto es, de los profesionales de los negocios públicos— es una de las deplorables consecuencias de esta situación. Otra, no menos degradante, es la adhesión a las personas y no a los principios. Con frecuencia nuestros políticos confunden los negocios públicos con los privados. No importa. Su riqueza o su influencia en la administración les permite sostener una mesnada que el pueblo llama, muy atinadamente, de “lambiscones” (de lamer).”

La palabra “chingar” es la favorita del mexicano, porque nosotros somos los chingones, pero más allá de eso, la preocupación radica, en que no solo pensamos eso, también creemos que debemos chingar antes que ser los pasivos de la historia. Ninguno quiere ceder, quién en su sano juicio quisiera ser el fracasado, el usado, el tapete, absolutamente nadie. El problema radica, en que chingar se ha vuelto algo que lastima a la sociedad, porque el hombre mexicano antes que verse debajo de alguien, tira al otro aunque eso implique que ninguno de los dos de un paso, porque simplemente tenemos miedo de ser traicionados, finalmente todos somos hijos de la Malinche, algo de ella hay en nosotros y ese temor no ha sido superado, porque siempre creemos que nos van a abandonar a traicionar.

“Nuestra historia como nación independiente contribuiría también a perpetuar y hacer más neta esta psicología servil, puesto que no hemos logrado suprimir la miseria popular ni las exasperantes diferencias sociales, a pesar de siglo y medio de luchas y experiencias constitucionales. El empleo de la violencia como recurso dialéctico, los abusos de autoridad de los poderosos —vicio que no ha desaparecido todavía— y finalmente el escepticismo y la resignación del pueblo, hoy más visibles que nunca debido a las sucesivas desilusiones post-revolucionarias, completarían esta explicación histórica”.

Samuel Ramos

Nació el 8 de junio de 1897 en Zitácuaro Michoacán. Su pensamiento es influido por la filosofía del español José Ortega y Gasset así como de Alfred Alder. Fue profesor de Problemas filosóficos en la Escuela Nacional Preparatoria.

Considere a Samuel Ramos con el otro pilar de este artículo que nos ayuda a entender la radiografía del mexicano y de su actual contexto. Me enfocare únicamente a su trabajo titulado “El perfil del hombre y la cultura en México”, hablare específicamente de un aspecto de este trabajo, “La imitación”.

“La opinión popular no ha sido justa al condenar a la cultura como culpable de muchos fracasos nacionales. Importa dilucidar claramente esta cuestión, porque también el desprecio de la cultura puede acarrear tan serias consecuencias como el desprecio de la realidad mexicana. Los fracasos de la cultura en nuestro país no han dependido  de una diferencia de ella misma, sino de un vicio en el sistema con que se ha aplicado. Tal sistema vicioso es la imitación que se ha practicado universalmente en México por más de un siglo.

Los mexicanos han imitado mucho tiempo, sin darse cuenta de que estaban imitando. Creían, de buena fe, estar incorporando la civilización al país. El mimetismo ha sido un fenómeno inconsistente, que descubre un carácter peculiar de la psicología mestiza. No es la vanidad de aparentar una cultura lo que ha determinado la imitación. A lo que se ha tendido inconsistentemente es a ocultar no solo de la mirada ajena, sino aun de la propia, la incultura. Para que algo tienda a imitarse, es preciso creer que vale la pena de ser imitado. Así que no se explicaría nuestro mimetismo si no hubiera cierta comprensión del valor de la cultura.”

El mimetismos del mexicano es impresionante, incluso en el mundo jurídico, nuestro máximo ordenamiento es ejemplo claro de la copia de aspiraciones de otros sistemas jurídicos, atendemos las realidades alternas, las hacemos nuestras, pareciera que nunca podemos ver la realidad, nuestros problemas son otros.

El mexicano imita las tendencias de otros, como vestir,  estudiar,  leer, incluso los motivos por los que debe sentir indignación. Solo necesita entrar a Twitter y ver cuáles son las tendencias para mimetizarse y ser parte del movimiento.

Samuel Ramos plasma que el mexicano no está acostumbrado a la crítica y eso es cierto, parece que para que algo sea agradable debe ser amable, pero vamos, a quien le gusta que le digan que todo en lo que cree y en lo que rige su actuar cotidiano está mal. Es un desajuste en toda la estructura del pensamiento. Lo que hasta ahora resulta funcional ya no lo es.

“La psicología del mexicano es resultante de las reacciones para ocultar un sentimiento de inferioridad. En el primer capítulo de este libro he explicado que tal propósito se logra falseando la representación del mundo externo, de manera de exaltar la consciencia que el mexicano tiene de su valor. Imita en su país las formas de civilización europea, para sentir que su valor es igual al del hombre europeo y formar dentro de sus ciudades un grupo privilegiado que se considera superior a todos aquellos mexicanos que viven fuera de la civilización. Pero el proceso de ficción no puede detenerse en las cosas exteriores, ni basta eso para restablecer el equilibrio psíquico que el sentimiento de inferioridad ha roto. Aquel proceso se aplica también al propio individuo, falseando la idea que tiene de sí mismo.”

Resulta realmente evidente que el hombre mexicano, sufre aún muchas condiciones que en sociedad son pare de algo que termina por ser caótico. El mexicano en su complejo de inferioridad hace todo por no ser “chingado” y a su vez hace todo por “chingar” porque simplemente el hombre está roto, está en falta y en carencia.

Y los 43 normalistas de Ayotzinapa, no los desapareció el Estado, lo hizo o lo hicieron otros mexicanos, que son parte de la nosotros, de una sociedad que no ha superado su inmenso temor. Somos una población ciega, sorda y muda. Que sabe poner el pie para que solo YO avance y, ese patrón individual y colectivo se repite en cada sector porque aún deseamos seguir siendo ese niño indefenso y asustado.

Esta es una situación analizada desde el siglo pasado, muchos acontecimientos históricos acompañaron a estos pensadores, y muchos seguirán sucediendo porque la sociedad mexicana está envuelta de un absurdo egoísmo, donde la otredad no existe, ni existirá. Y lamentablemente aún no hay forma de resolver eso, o al menos para mí, no es tan clara.

Referencia

[1] http://lasillarota.com/propone-regidora-de-tecamachalco-inyeccion-letal-a-indigentes#.ViEIQ3p_Oko

ILUSTRACIÓN DE JOSÉ QUINTERO