Violencia sexual infantil intrafamiliar, una negación en la sociedad mexicana

Complejidad Social (Derecho, Economía y Política)

Por Jimena Morales López

El tema de la violencia en México es uno ya hablado, conocido y mediatizado, por lo que toda la población es consciente de ella ya sea por experiencias directas o indirectas. En la radio, la televisión y las redes sociales constantemente nos bombardean con cifras de muertos, detenciones de homicidas, feminicidios y un gran sin número de casos que llaman la atención de los medios de comunicación. Sin embargo, a pesar de vivir constantemente con tan triste y vergonzosa realidad social, con frecuencia, se evita hablar de uno de los problemas que genera una sociedad con mayor tendencia a enfermedades mentales, y por ende, mayor tendencia a delinquir: la violencia sexual intrafamiliar que sufren los niños, perpetrada por su padre, madre, hermano, tío o primo.

Al llevar a cabo esta investigación, me topé, para mi sorpresa, con una gran variedad de autores y bibliografía que han abordado el tema desde distintos puntos de análisis como el psicológico, el antropológico-sociológico, penal, forense y científico, así como varias estadísticas y encuestas que realizan organizaciones mundiales como el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF por sus siglas en inglés) o el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, que demuestran la información del promedio de personas que en su infancia fueron víctimas de algún tipo de violencia sexual.

Ante la información expuesta y recabada, comprendí que la aberración que se comete contra un ser desde su más temprana edad es motivo de vergüenza, silencio y dolor; por lo que muchas personas deciden callar al respecto, al sentirse impotentes, conmocionados y sorprendidos. Al ser la perpetración de estos actos un tema de gran envergadura, decidí orientar la investigación en un sentido sociológico y psicológico, escribiendo así éste artículo en dos partes: la primera parte abordará la psicología del victimario, para poder entender quiénes son las personas dentro del círculo familiar que en promedio son los violentadores sexuales, por qué vulneran la integridad del menor y cómo detectar sus patrones de violencia; en la segunda parte, por otro lado, se orientará la investigación a la psicología del infante, la detección de algún ataque sexual, formas de prevención y consecuencias a corto, mediano y largo plazo por no recibir atención psiquiátrica o psicológica para restaurar su integridad, paz e identidad.

Comencemos por definir qué es la violencia. Según el Diccionario de Psicología de Umberto Galimberti[1] la violencia se define como: “una figura de la agresividad que se registra en verdaderas o presuntas injusticias sufridas, como intención de realizar la propia personalidad, o como incapacidad de pasar del principio del placer al principio de la realidad, con la consiguiente intolerancia a la frustración”; para el Diccionario de Trabajo Social de Ander-Egg Ezequiel[2], la palabra violencia significa: “empleo de la fuerza para alcanzar un objeto. Coacción a fin de que se haga lo que uno quiere”, y para el Diccionario de Antropología de Barfield Thomas[3], la palabra violencia se refiere “al uso intencionado de la fuerza para causar daño corporal. También hace referencia a la totalidad de actos de esta naturaleza en el seno de una colectividad social o una situación en la que prevalecen”.

En conclusión, podemos obtener que la violencia es un acto de poder ejercido por una persona o por un conjunto de personas poderosas que cometerán un acto de dominación, sumisión y aniquilación contra una persona o grupo de personas desprovistos de capacidad para defenderse.

En el caso de la violencia sexual infantil intrafamiliar, la dinámica de poder se ve representada y ejercida en cualquier figura social cercana al menor de edad que tenga el respaldo de la mayoría, de su edad, fuerza y aceptación en el entorno familiar para aplacar la defensa de la víctima y pasar desapercibido en la comisión de su agresión sexual.

Según el Panorama Estadístico de la Violencia Contra Niños, Niñas y Adolescentes en México, 2019, publicado por la UNICEF , la violencia sexual intrafamiliar  contra los menores de edad es cometida, en la mayoría de las ocasiones, por el padre, la madre, el padrastro o madrastra, el abuelo, el hermano, el tío o cualquier otro familiar, y comúnmente involucra actos como la explotación o esclavización sexual, la exposición a la pornografía, voyerismo y al exhibicionismo; y la incitación o coacción para tener contacto sexual, ilegal o perjudicial.

Es importante recalcar que la violencia sexual intrafamiliar se ve beneficiada y legitimada por otros tipos de violencia, como lo son la violencia física y la emocional, pues es común que previo al acto de agresión se lleven a cabo conductas de violencia física que involucran golpes, forcejeos, jaloneos, pellizcos, manotazos o patadas para someter a la víctima.

Ahora bien, ¿quiénes son las personas que pueden realizar actos de agresión sexual contra un menor de edad del cual son parientes cercanos? De acuerdo a la investigación realizada por psicólogos y pedagogos, se ha descubierto que alrededor del 90 % de los niños son abusados por hombres, mientras que entre un 5 % y 20 % de los niños son abusados por mujeres. A continuación una gráfica de la Consulta Infantil y Juvenil del 2018[4], muestra la cantidad de niños y niñas que habían reportado haber sido víctimas de violencia en la Ciudad de México.

Niños entre 6-9 años que manifestaron haber sido víctimas de algún tipo de violencia, según el informe de la Consulta Infantil Juvenil elaborada por el Instituto Nacional Electoral 2018

Contrario a lo que se pensaría, los perpetradores de agresión sexual pueden ser también menores de edad que formen parte del entorno familiar del menor. Hay estadísticas e investigaciones de trabajo social que demuestran que los adolescentes comúnmente se ven involucrados en delitos sexuales. De acuerdo a un artículo publicado por Félix López Sánchez para la Universidad de Salamanca, más del 50 % de agresores cometieron su primera agresión sexual antes de los dieciséis años.[5] Las agresiones sexuales por parte de menores contra menores tienen varias causas que ya han sido estudiadas e identificadas para su prevención: en la etapa de la infancia, entre los 6 a los 10 años, es común que los infantes realicen juegos en los cuales hacen alusión a actividades humanas en los cuales también reconocen y admiten su sexualidad, como los juegos de mamá y papá y el doctor y el paciente. Si bien estos juegos contribuyen a que el menor se familiarice con la sexualidad inherente al ser humano, a menudo pueden ocurrir altercados de caricias, besos y tocamientos inadecuados entre los participantes del juego porque no son capaces de dimensionar la trascendencia del juego sexual relacionado con una relación incestuosa.

Posteriormente, al crecer, en la etapa de la adolescencia, caracterizada por la edad en que las pulsiones sexuales tienen su auge y mayor desarrollo, los adolescentes suelen incrementar su curiosidad sexual, y dan pasos en el descubrimiento completo de su sexualidad, realizando actos masturbatorios o siendo espectadores de pornografía. Aquí es cuando lo aconsejable es establecer límites conductuales, pues actividades inclinadas al ocio (como el consumo de alcohol o estupefacientes), el desconocimiento de los efectos de consumir pornografía sin límites o la falta de valores éticos que permiten empatía en su entorno pueden propiciar que el adolescente descargue sus conductas sexuales en otros adolescentes (en su mayoría mujeres) o en otros niños.

Ante esto, cabe recalcar que las conductas sexuales dominantes se ven legitimadas y dotadas de poder por el machismo que impera en la sociedad y en la familia donde se desenvuelve el adolescente.

El Dr. Scott Allen Johnson, autor de Physical Abusers and Sexual Offenders: Forensic and Clinical Strategies[6] ha descubierto a través de años de entrevistas a ofensores sexuales que comparten ciertas características, como las siguientes:

  • Demuestran poca facilidad para resolver problemas.
  • Pueden tener relaciones dependientes e intensas con sus víctimas.
  • Demuestran ser celosos o posesivos.
  • Suelen perder fácilmente la calma, generalmente exagerando.
  • Son impulsivos.
  • Demuestran ser violentos con animales.
  • Experimenta dificultades para mostrar sus emociones (que no sean ira, hostilidad, celosía).
  • Pueden consumir drogas como el alcohol y sustancias psicotrópicas.

Responder a la pregunta ¿Por qué las personas violentan sexualmente? nos lleva a varios puntos de análisis y conclusiones. Se sabe que muchos de los agresores sexuales adultos han sido víctimas de agresión sexual en edades tempranas, y que por lo tanto crean un patrón conductual normalizado de dominación, para, al repetir las conductas agresivas puedan sentir que recuperan el poder que a ellos les fue quitado al momento de ser víctimas; o bien, derivado de las agresiones sexuales desarrollan una parafilia. En el caso de los menores de edad, pueden realizar agresiones sexuales por las siguientes razones:

  • Falta de empatía y de solidez en sus relaciones sociales próximas. La empatía es enseñada desde el seno familiar, por lo que a menudo en estos casos hay una falta de enseñanza de valores éticos respecto a la percepción del yo en sociedad.
  • Experiencias de observación de actividad sexual en los adultos que mermen una visión explicada acerca del consentimiento y responsabilidad sexual.
  • Haber sido agredidos sexualmente con anterioridad por personas extrañas a su entorno familiar o sus propios padres biológicos.
  • Repetir la violencia que observan en casa.

También se conocen diferentes modelos de operación por parte del agresor sexual, que han sido estudiados por los especialistas, siendo el más aceptado el que se explica a continuación: [7]

  1. El agresor tiene un incentivo para cometer el abuso, derivado de la repetición transgeneracional de la conducta violenta; un factor psicopático en la personalidad, la falta de control de impulsos o bien por ser un pedófilo exclusivo.
  2. La capacidad del agresor de superar sus propios miedos e inhibiciones. Es aquí donde juegan un papel clave las adicciones, la psicosis o la falta de represión del incesto en la familia.
  3. La capacidad del violentador sexual de aprovecharse de la falta de protección al menor de edad. Se aprovecha de la ausencia de los padres, de la falta de vigilancia, del tiempo que el niño pasa solo e incluso de la confianza que los padres tengan puesta en el sujeto si pertenece a la familia.
  4. Consecuencias psicológicas del abuso sexual. Las consecuencias pueden presentarse a corto, mediano y largo plazo.

La composición de la familia y su correlación con los abusos sexuales y violaciones perpetrados contra el niño o la niña también forma un rol importante. Se sabe por la alta incidencia de violencia sexual intrafamiliar que las familias reconfiguradas posterior a la muerte de uno de los padres, el divorcio o el abandono, tienen un doble de posibilidades de presentar casos de abuso o violación incestuosos, pues los lazos de filiación y afectivos se ablandan con el proceso de separación.

El silencio es un enemigo que el infante no reconoce en la perpetuación de estos actos, pues es una forma de poder que ejerce el familiar abusador. Este tipo de control sobre el menor es muy común en las familias que construyen una imagen pública impecable a sabiendas de la violencia que se realiza dentro de ella, pues prefieren hacer callar a los integrantes de la familia, ante el temor de que lo oculto sea revelado, es decir, temen al rechazo social.

Cambiando ahora de figura de enfoque, nos centraremos en el menor de edad como víctima de violencia sexual intrafamiliar. Según el más reciente informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), en el 2019 se dio a México el primer lugar en abuso sexual infantil con 5.4 millones de casos por año.[8]

La palabra incesto proviene de la raíz indoeuropea kes-cortar, y el sufijo kas-tro significa cortar, y castrar. Las autoras Podesta y Rovea sostienen que el incesto es:

aquella forma de abuso sexual infantil, referida en el contexto de la propia familia, sobre la cual pesa la interdicción legal y cultural para su realización, donde el abusador puede ser el padre, la madre, hermano, abuelo, tíos, padrastros o familiares cercanos a la víctima.[9]

De igual forma, señala la autora Diana Guadalupe en su Tesis Secuelas psicosociales en la vida adulta de una mujer ante el abuso sexual infantil incestuoso, que “el involucramiento de vínculos consanguíneos, psicoemocionales  o no entre el generador y el receptor, suele no haber violencia física en la comisión del acto incestuoso, pues muchas veces se genera un depósito de confianza y protección del menor hacia el adulto agresor, por lo que podría aceptar la dinámica sexual y reafirmar sus vínculos emocionales con el adulto agresor”.[10]

Se puede argumentar que el incesto es una práctica tabú que será aceptada o rechazada por la sociedad de acuerdo a su construcción cultural, dentro de la cual se verán involucrados factores como mitos, religión, cultos, roles de género, conjunto de creencias, relaciones económicas, etc. Sin embargo, es una realidad que la vasta mayoría de civilizaciones estudiadas por antropólogos, han determinado que el incesto debe ser evitado y sancionado para procurar la preservación de la cultura, de la paz entre familias y la claridad de las funciones sociales de cada individuo. Por lo anterior, el incesto puede ser catalogado como aquella actividad que contribuye a la confusión de dinámicas sociales, puesto que por medio de éste, hay una amplia libertad para que los individuos que cometen incesto tomen cualquier figura emocional y biológica respecto al otro (el hermano es pareja  y padre a la vez de la hermana, por ejemplo).

No se ahondará en la presente investigación sobre las consideraciones psicoanalíticas del incesto, pero es necesario explorar el tema desde el trabajo social. Se han identificado a diversos tipos de familias incestuosas, entre las cuales puede haber o no violencia sexual, repetición generacional, legitimación y permisividad del acto incestuoso. Por lo general, en éste tipo de familias incestuosas, hay una gran carga de culpabilidad depositada sobre el menor de edad, se le señala como el causante de la agresión y no hay intervención alguna, la mayoría de las veces, por parte de la madre.

En todas las familias con comportamientos incestuosos, hay secretos, aislamiento y omisión de atención y cuidado hacia el menor.

Lo que es una realidad es que cuando el abuso es perpetrado por un familiar, las consecuencias anímicas en el menor son mucho más devastadoras y prolongadas. Esto se debe a que en el menor hay una gran confusión y represión en cuanto a sus emociones, por el doble vínculo que genera con su agresor: por una parte, la confianza, por otro lado, la certidumbre de que ha sido utilizado sexualmente.

Los autores señalan como síntomas de abuso sexual incestuoso los siguientes:[11]

Signos de abuso físico Signos comportamentales Indicadores de índole sexual
Dolor, golpes, quemaduras, heridas en zona genital y anal. Pérdida del apetito. Negación a temas de índole sexual.
Ropa interior rasgada. Miedo a estar solo. Confusión sobre orientación sexual.
Semen en la boca. Pesadillas. Conductas precoces y conocimientos sexuales profundizados para su edad.
Partes del cuerpo con irritación. Dificultad para sentarse. Miedo exagerado a la oscuridad. Seducción, especialmente en niñas.
Dolor en cérvix o vulva. Desgano general, falta de motivación para actividades deportivas y sociales. Realización de actos masturbatorios constantes.
Enfermedades de transmisión sexual. Aislamiento y rechazo de las relaciones sociales.   Rechazo de muestras afectivas físicas, como caricias o abrazos.
  Conductas regresivas como chuparse el dedo. Repetición de violencia sexual hacia otros menores.

Es importante la temprana canalización del menor violentado para evitar las consecuencias a largo plazo, que involucran depresión, ansiedad, problemas de autoestima, trastornos de sueño, deserción escolar, embarazo adolescente, prostitución, disfunciones sexuales, etc.

Siendo tal el panorama, no queda más que poner atención a los hijos, ya sean nuestros o ajenos. En el caso de los formadores o educadores, se deben crear programas para reconocimiento de víctimas de abuso sexual y violaciones, para proceder a una investigación, donde también se entable una conversación directa con los padres para generar un estado de alerta en la familia. Esta función también debe corresponder a los doctores, psicólogos y trabajadores sociales.

Por otra parte, si nos encontramos en una esfera de amigo, hermano o vecino, las acciones correspondientes serían, antes que nada, orientar a la persona víctima a algún servicio de atención psicológica y hacerles saber que tienen oportunidad de sanar, que pueden recuperar su poder y autoestima, así como hacerles saber que son acompañados en el proceso de sanación.


[1] Galimberti, Umberto. Diccionario de Psicología ,ed. 2002, México, Siglo Veintiuno Editores, 1992.

[2] Ander-Egg, Ezequiel, Diccionario de Trabajo Social, 1986, Bogotá, Colombia, Ed. Colombia Ldta.

[3] Barfield, Thomas, Diccionario de Antropología

[4] Instituto Nacional Electoral. Consulta Infantil y Juvenil. Ciudad de México, 2019, p.9.

[5] López Sánchez, Félix. 2015. Agresores y Agredidos: Los Abusos Sexuales de Adolescentes.Recuperado de  http://www.injuve.es/sites/default/files/Revista42-4.pdf

[6] Johnson Allen, Scott. Physical Abusers and Sexual Offenders: Forensic and Clinical Strategies. 2007, United States of America, Taylor and Francis Group,p.81.

[7] Villanueva, I. (2013). El abuso sexual infantil: Perfil del abusador, la familia, el niño víctima y consecuencias psíquicas del abuso. En Psicogente,16(30), 451-470.

[8] Senado de la República. (24 de agosto del 2019). México, primer lugar en abuso sexual infantil. Boletín informativo. N.2136. Recuperado el 27/10/2019 de:

http://comunicacion.senado.gob.mx/index.php/informacion/boletines/45796-mexico-primer-lugar-en-abuso-sexual-infantil.html

[9] Podesta y Rovea (2003) citadas por Guadalupe Lourdes, Diana. (2013). Secuelas psicosociales en la vida adulta de una mujer ante el abuso sexual infantil incestuoso. Una historia de vida. Ciudad de México, México, UNAM. Recuperado el 27/10/2019 de:

http://132.248.9.195/ptd2013/septiembre/0701311/Index.html

[10] Ibid.p.40

[11] Echeburúa, E..y P del Corral  (2006) citados por Lourdes Guadalupe, Diana. Ibid. p.58.

La falsa idea entorno a las vírgenes y putas. Seguridad pública para mujeres (Segunda parte)

¿Qué es Anagénesis Jurídico?, Complejidad Social (Derecho, Economía y Política), Feminismos y equidad de género, Jacqueline Miranda De los Santos

Por Jacqueline Miranda de los Santos

Hace varios meses en Netflix se estrenó un stand-up atípico llamado Nanette, Hanna Gadsby dice que la historia del arte nos ha enseñado que las mujeres son o vírgenes o putas hace mención de personajes como Harvey Weinstein, Woody Allen y el mismísimo presidente de Estados Unidos Donald Trump quienes en líneas claras tienden a colocar a las mujeres en esas posiciones; ella en su monólogo cuenta muchas cosas que dejan a quien la ve con un gran nudo en la garganta.

Estoy enojada y creo que estoy en todo mi derecho de estarlo, pero de lo que no tengo derecho es de esparcir ese enojo, porque el enojo como la risa, puede conectar como ninguna otra cosa a un grupo de extraños.

El móvil del feminicida puede tener variaciones sin embargo, las motivaciones para juzgar el crimen por parte de la sociedad se basa siempre en estigmas culturales que colocan a la mujer en una posición de desventaja, la idea de que la mujer pura pertenece a su hogar esperando a el hombre ideal que la lleve a la iglesia para casarse y entonces ella dedique su vida y su tiempo a su hogar y a sus hijos, parecería un esquema ya no tan vigente, no obstante, cuando una mujer muere fuera de lo que se ha determinado como el ambiente privado (hogar), ella se convierte en algo impuro: un puta[1].

La calificación de la muerte, violación y/o abuso sexual de una mujer se demerita por parte de una gran parte de la sociedad con los siguientes argumentos: Sí una joven es violada y cruelmente asesinada, la culpa es de ella ya que no debió salir de casa, y mucho menos embriagarse y usar un vestido, porque eso no lo hace una señorita de casa. Una joven es violada en una fiesta, varios chicos son partícipes, ella está en shock y no se mueve, está aterrada alguien opina que lo disfrutó, que de lo contrario habría gritado; como si alguien que nunca ha estado en esa situación supiera lo que es sentir que en cualquier momento a merced del victimario puedes morir, sólo porque sí, sólo porque eres mujer, sólo porque estabas fuera de casa[2].

Pero la justicia paternalista y por supuesto machista se topa con las mujeres víctimas de violencia física en el hogar, muchas autoridades responden diciendo[3] que: “la ropa sucia se lava en casa”, “respete a su esposo, jefa” y cuando el feminicidio se hace presente, la respuesta: fue un accidente, se suicidó. Pareciera que todo es mejor que enfrentar la realidad de la violencia que viven las mujeres, parece que la creencia de que a las mujeres las matan por malas es la creencia que rige la justicia en México.

Actualmente en México, poseemos un sistema jurídico excluyente, es decir, es un sistema que sólo garantiza ciertos privilegios de seguridad a unos cuantos, este esquema de exclusión del derecho no se transforma, no evoluciona y sigue produciendo y reproduciendo privilegios para unos cuantos. De esta manera aunque el derecho actual pareciera transformarse rápidamente en el actuar legislativo, rompe las conexiones necesarias con el entorno social y sus presupuestos de realidad, rechazando las críticas feministas al contenido interno.

Las políticas públicas que deberían garantizar seguridad para mujeres no son óptimas y se ven como mecanismos obsoletos al ser desapegadas de la realidad que hoy vivimos en México.

¿Qué planteo con lo anterior? El derecho al no aceptar la crítica al contenido interno y ser un subsistema que produce exclusión y desigualdad, rompe las conexiones necesarias con la realidad pero también con la moral de las clases sin privilegios, los invisibles, los Otros, los que son desplazados del mínimo de seguridad que el Estado debería garantizar a todos y en ese global a las mujeres y niñas que hoy son asesinadas.

La moral con la que el derecho crea conexiones necesarias para dar fuerza al argumento del contenido interno ideal para la realidad social, es la moral de los no excluidos y por tanto de quienes pueden llegar a pensar de la siguiente manera:

-No quieres que te acosen en las calles, no salgas. No quieres que expresen cosas sobre tu cuerpo, no uses ropa entallada, no uses faldas, no uses short ni vestido, no provoques que te miren, no uses tanga y vestido porque con ello indicas que quieres ser violada y posiblemente asesinada, en términos generales no seas mujer.

El derecho penal

El código penal de la Ciudad de México tipifica el feminicidio de la siguiente manera:

Artículo 148 Bis. Comete el delito de feminicidio quien, por razones de género, prive de la vida a una mujer.

Existen razones de género cuando se presente cualquiera de los siguientes supuestos:

  1. La víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo;
  2. A la víctima se le hayan infligido lesiones infamantes, degradantes o mutilaciones, previas o posteriores a la privación de la vida;

III. Existan datos que establezcan que se han cometido amenazas, acoso, violencia o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima;

  1. El cuerpo de la víctima sea expuesto, depositado o arrojado en un lugar público; o
  2. La víctima haya sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a su fallecimiento. A quien cometa feminicidio se le impondrán de veinte a cincuenta años de prisión.

Si entre el activo y la víctima existió una relación sentimental, afectiva o de confianza; de parentesco, laboral, docente o cualquiera que implique subordinación o superioridad, y se acredita cualquiera de los supuestos establecidos en las fracciones anteriores, se impondrán de treinta a sesenta años de prisión.

De acuerdo con datos de El Universal, en 6 años se cometieron cerca de 300 feminicidios, de los cuales se consignaron sólo 166, este dato no contempló el reporte del Tribunal Superior de Justicia quien considero 900 asesinatos de mujeres. Sí se considera únicamente las 166 consignaciones sobre los 300 feminicidios la norma penal sigue siendo deficiente, el derecho penal hasta ahora no busca comprender las causas o el móvil del feminicida, no busca prevenir, busca que por medio del temor a la sanción se frente el número de casos.

En términos generales en México, en los primeros cuatro meses del 2018 se han registrado 226 feminicidios, hasta la fecha este año se ha convertido en uno de los más violentos para las mujeres, en promedio a diario dos mujeres son asesinadas, los estados más letales son Estado de México, Nuevo León, Chihuahua y la Ciudad de México, es importante destacar que durante 2017 Sinaloa alcanzó en datos estadísticos el mayor número de feminicidios seguido de Veracruz y Oaxaca.

¿Qué hay de las políticas, programas y proyectos para la prevención de los feminicidios?

La Secretaría de Gobernación presentó un plan de cinco puntos, en el que básicamente se habla de hacer un estudio de diagnóstico identificando las causas de la violencia hacia la mujer; se destinan recursos económicos para la creación de fiscalías que realmente puedan atender el problema, a pesar de ello, sigue sin ser un plan estructurado que atienda a las causas reales.[4]

Por otra parte INMUJERES posee la línea de acción: Mujeres sin violencia. En el portal el instituto brinda una serie de elementos y herramientas que pueden ayudar a las mujeres, menciona los diferentes tipos de violencia y la normatividad que puede ser de ayuda. Dentro del portal se pueden observar los programas por estados para erradicar la violencia en contra de las mujeres, uno de los más destacables es el del Estado de México.

El programa se denomina: Modelo de atención a mujeres en situación de violencia, sus hijas e hijos. Es un modelo que pretende atender y orientar a las mujeres víctimas de violencia doméstica (durante el 2017 se registraron 106 mil 706 llamadas de violencia contra la mujer que incluye violencia emocional hasta violencia física, muchos de estos casos tienden a terminar en feminicidios), es un modelo estructurado para contener la reproducción de la violencia en el hogar. Sin embargo la violencia al exterior sigue sin tener una línea de acción clara por parte de las instituciones.

El Estado no proporciona garantía de seguridad alguna, no hay elemento que asegure que al salir a la calle una mujer o niña no sea violada y después asesinada. Y uno de los problemas radica en la construcción cultural de la violencia hacia ellas, porque al final el Estado sigue pretendiendo tener el control de sus cuerpos, de sus decisiones en una falsa idea de paternalismo proteccionista. Esto último es lo que he denominado como el derecho excluyente, ese que sigue sin garantizar absolutamente nada.

La deconstrucción al contenido interno del derecho debe comenzar por llevarlo a transformarse en un derecho que sea capaz de mirar a quienes más indefensas son, el derecho debe ser un subsistema más abierto a la realidad de las mujeres y permitirles decidir sobre sus cuerpos, al existir este reconocimiento puede comenzar la transformación del esquema social y cultural.

Para comenzar, sectores más vulnerables

El reconocimiento de los derechos que poseen las mujeres transexuales, y los problemas que tienen al ser invisibilizadas en cada uno de los subsistemas que forman el esquema social y por ende la realidad de México[5].

La marginación, el olvido y la pobreza ha llevado a muchas mujeres transexuales y transgénero a trabajar como sexoservidoras siendo más vulnerables a ser víctimas de violencia física e incluso a llegar a ser parte de las estadísticas de feminicidios, por otra parte también son susceptibles a padecer enfermedades de transmisión sexual y por ende a no recibir la atención adecuada por la interpretación social hacia ellas. Dentro de los programas, proyectos y/o políticas públicas no existe punto específico que dicte una medida para la erradicación de la violencia hacia ellas, y no es necesario que exista un tipo penal específico porque el derecho penal como amenaza no es la solución, sino el entendimiento social de que ellas son mujeres y que no las podemos seguir invisibilizado y excluyendo a través de argumentos (falacias) religiosas porque al final todo el esquema social se compone por cada individuo. Es necesario mirar hacia ese sector porque si por el simple hecho de ser mujeres existen personas que creen que tienen el derecho de asesinarnos, la construcción del cajón de lo normal las coloca a ellas en una situación aún peor, son en muchas ocasiones olvidadas, cuerpos en fosas comunes y nada más, si la seguridad pública es un derecho para unas lo será para todas.

Aborto legal y seguro

El reconocimiento de que las mujeres son capaces de decidir sobre sus propios cuerpos es una de las herramientas más importantes para comenzar a construir una nueva realidad para las mujeres, al final cada mujer debe decidir si quiere o no ser madre o en qué momento es más oportuno serlo, no conceder la capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos, es una forma de ejercer control sobre ellas de seguirles considerando incapaces.

El aborto legal es la primera forma de empoderamiento, de hacerle saber al colectivo que el cuerpo femenino no es del dominio público, el peso del argumento religioso, o de la moral de los otros es algo que debe dejar de tener excesivo peso en el derecho porque al seguir transformándose en esa realidad seguirá sin otorgar garantía de seguridad a las mujeres.

No somos ni vírgenes, ni putas, somos mujeres que un día estamos vivas pero que al siguiente no sabemos si seguiremos con vida. Sí, estamos enojadas y ese enojo y lucha diaria por lograr tener garantías de seguridad, nos ha conectado en discusiones interminables, a nadie más que a nosotras nos toca decidir sobre nuestros cuerpos; ni líderes religiosos, ni personajes con amplios estudios pueden opinar, es una decisión que concierne a cada una. No somos mujeres por la construcción cultural genital, somos mujeres por muchos más componentes internos y externos que nos llevan a identificarnos como tal, por ello la lucha sobre seguridad pública también debe extenderse hacia las mujeres trans.

Este artículo es una segunda parte sobre mi entrega de seguridad pública para mujeres pone en la mesa la idea de que el derecho debe ser reformado desde dentro para visibilizar todos los problemas que ha negado, en este caso la seguridad de las mujeres, pero, el problema del rechazo a la crítica del contenido interno ha generado un grado tal de exclusión que la inseguridad que hoy percibimos es solo el inicio del problema, al final el subsistema derecho corre el riesgo de colapsar si decide seguir siendo excluyente, controlador y paternalista.

Es necesario comprender que la violencia que hoy enfrentamos en contra de las mujeres es una violencia diferente, hoy en día poseemos políticas de acción en contra de las agresiones que viven las mujeres en los espacios privados, empero la violencia derivada de las políticas calderonistas, está lejos de ser atendida y comprendida. Las políticas públicas que se realicen desde ahora deberán tener una tendencia a la prevención y modificación a los patrones culturales de la sociedad mexicana. Las políticas y las instituciones así como el derecho deben cambiar y dejar de excluir problemas y sectores. La realidad de esta situación requiere de presupuestos básicos que deberán ser dotados por los diferentes sectores afectados (es decir las mujeres) y bases teóricas desde los diversos postulados feministas.

[1] La Real Academia Española (RAE) dice que palabra “puto” deriva del latín puttus, una variación de putus que significa niño. Sin embargo, el adjetivo tiene una connotación denigratoria ya que es un calificativo que se da a las personas dedicadas a la prostitución o sodomía. De acuerdo con la CONAPRED, en México el uso de la palabra puto/puta es una expresión de desprecio y rechazo.

Por otra parte en 1611 Sebastián de Covarrubias presenta el Tesoro de la Lengua Castellana o española como un diccionario monolingüe de la lengua española, en este primer trabajo la palabra puta tiene un significado de mujer ruin o ramera, descrita como la que siempre está caliente y con mal olor. El contexto en el que escribe Covarrubias es el de una Europa que está en el inicio de la transformación del feudalismo a los primeros tintes de la revolución industrial, es un hecho que desde entonces las mujeres laboralmente hablando recibían salarios mucho menores que los de los hombres y que la prostitución fue y sigue siendo una forma de sobrevivir.

Es cierto que actualmente existen muchos sentidos y significados de la palabra puta, sin embargo, en este caso el uso que se le da es el que significa que la mujer y su cuerpo pertenecen al colectivo, que es del ámbito público, quizá con la frivolidad de pretender descalificar el feminicidio y sus causas.

[2] https://elpais.com/elpais/2018/12/05/album/1544030702_036455.html#foto_gal_4

[3] Véase más en: Guerrera Frida, #NiUnaMás El feminicidio en México; un tema urgente en la Agenda Nacional, Ed. Aguilar, 2018.

[4] Véase en: https://www.animalpolitico.com/2017/11/medidas-gobernacion-feminicidio-puebla/

[5] En 2018 han sido asesinadas 47 mujeres trans, de acuerdo a los datos del Centro de Apoyo a las Identidades Trans.